Nadie lo sabe

Qué ilusos somos… Toda la vida intentando poner nombre al tercer Pilar de nuestra Fe; aquel con miles de nombres y poderes sobrenaturales, aquel al que recurrimos cuando la fe en nosotros mismos muere en la pasividad volitiva de nuestra fútil existencia, aquel al que todos recurrimos sin ver por nuestro miedo a la verdad. Una verdad que pasa por sentir el indescriptible dolor que inflige el no saber si eres un vivo muriendo, o un muerto que sigue viviendo. El saber que ese ser superior no viene a darte la mano. El saber que tú ves a quién te vela, que oyes a quién susurra, que tu alma se rompe con los llantos de aquellos que te querían… y que sin embargo nadie lo sabe. Ni siquiera Dios. Nadie piensa que tú, encajonado en el estrecho cubículo del féretro en el que tu aseguradora no gastó ni la décima parte de todo lo que tú pudiste abonar en vida, puedes seguir viendo sin ojos, oír sin oídos y sentir sin corazón. Nadie pensó que podías sentir la sensación de agobio de aquel ataúd en el que tu cuerpo se encuentra maniatado, nadie pensó que podías ver cómo aquellos que pensabas te querían velan tu cuerpo deseando físicamente, con el alma puesta en acabar el trámite y repartir la carroña de todo aquello que dejaste en vida. Nadie lo pensó. Ni nadie lo pensará, hasta que suceda.

Por todo ello no os agobiéis, seguid pensando en el cielo. Seguid pensando en las alas que os suban allá con vuestros seres queridos al son de las arpas inundando los sentidos. Yo sólo sé que bajé, volviendo a la Tierra que me vio nacer, la Tierra que mis manos trabajaron y que ahora me acoge en su seno devorándome al son del chirrido que producen las cuerdas y poleas que me bajan a la fosa. No fui malo. Nunca hice daño a nadie. Sé que dejo más paz y amor que problemas ocasioné. Y por eso sé que esto no es el infierno. Por eso sé que la muerte es otra mentira más y que el alma se condena por la eternidad a visionar en sesión continua la película de nuestra vida en este cruel sótano sin salida. Por eso me suenan a lluvia las Tierras caídas sobre el ataúd. Por eso me estremezco con el crepitar de la madera al aguantar el peso de la sepultura. Por eso soy feliz sabiendo que dejo de oír a los vivos, y que nunca oiré a los otros muertos que, como yo, yacen esperando ilusos quizás, el día en que debamos levantarnos.

Anuncios

Alice

Abrió los ojos. Parpadeó varias veces, alternando ejercicios con los párpados para reforzar su despertar y captar la poca luz que entraba por la entrada. El suave aleteo de sus largas pestañas invadió la oscura estancia en la que se encontraba, alborotando la quietud y tranquilidad de la misma. Alzó ambas manos, tropezando apenas unos centímetros sobre su cabeza. Se trataba de un cubículo estrecho, sin duda. Sin pensar en nada, en un acto ya mecanizado por su cuerpo, reptó hacia aquella pequeña estrella de luz que provenía del exterior. No comprendía por qué se encontraba allí, y mucho menos por qué le restaba importancia. Aquel cubículo era frío, de paredes ásperas por las que rezumaba humedad y con tramos en los que ni ella misma entendía cómo había sido capaz de llegar hasta semejante covacha. Podía notar sus piernas y brazos curtidas en batallas, apostilladas heridas que volvían a abrirse en cada centímetro avanzado, palmas y yemas de dedos y pies protegidas por una costra labrada a base de suciedad y endurecimientos. Aún así, ni sentía frío, ni tenía síntoma alguno de tumefacción en sus extremidades. Por no tener, no tenía ni hambre. Era una extraña sensación de encontrarse en lo más alto de la pirámide motivacional; aunque sentía la falta de un peldaño. Se sentía sola. Aquello aceleró su reptar por entre las oquedades de la gruta. Apareció la necesidad. La necesidad de salir.

La ventaja de aquella distancia entre donde se encontraba y la salida era simple. No necesitó acomodar su vista. Cuando alcanzó la salida, sus ojos ya estaban plenamente acostumbrados a la luz. Colocó ambas manos a los lados de los bordes y empujó hacia fuera. La angostura de aquel lugar dio a luz a una mujer que; pese a toda la suciedad que acumulaba, irradiaba una belleza sin par. Lentamente se puso en pie y observó aquel paraje. No lo había visto en su vida. A su espalda una enorme pared de piedra; similar a la de un acantilado, había hecho las veces del vientre materno que la vio nacer. Frente a ella, un verde pasto poblado de árboles que parecía no tener fin devorado en lontananza por una espesa niebla. Mirase donde mirase, no veía ni un centímetro cuadrado de tierra. Era lo más parecido a un tapete. Sin desniveles, sin resaltes, sin piedras. Sólo hierba simétrica, a la altura de su planta, de forma que al pisarla apenas escondía sus pies. Decidió avanzar movida por la curiosidad lentamente, intentando sentir el agradable tacto de la hierba húmeda bajo sus supuestamente maltrechos pies. Imposible. Ya podía pisar mil charcos, si los hubiere, que no podía sentir nada salvo aquella soledad antes mencionada. Conforme avanzaba, el cielo se iba oscureciendo hasta que rompió con un estruendo seco. Ni se inmutó. Siguió su lento caminar. Acto seguido una lluvia torrencial hizo acto de presencia, enjugando su moreno cabello. El agua; de forma torrencial, recorría su cuerpo desde el cabello hasta los tobillos. Alice se paró. Miró hacia el cielo y cerró los ojos. Intentaba sentir la lluvia repiqueteando sobre su frente. Tampoco lo conseguía. Hizo un cuenco con sus manos, y tal como era la intensidad del agua caída, en breve conseguía llenarlo para vaciarlo sobre su cara, en un vano gesto de captar el frescor de aquel torrente de vida eventual. El agua iba limpiando su cuerpo, arrastrando oscuros torrentes de suciedad por entre el eventual canal de sus turgentes senos. Alice sólo llevaba un camisón; ancho y desvencijado, raído por su parte inferior de forma que podía apreciarse su sexo, cosa que igualmente tampoco le importaba. Ahora mismo imaginaba que aquel torrente lavaba tanto aquel andrajoso ropaje como su piel, perdiéndose en la infinitud de su monte de Venus, provocando pequeños hilos marrones que iban desapareciendo conforme la suciedad era arrastrada desde aquellas cotas superiores dejando paso a aquella hermosura sin par que poseía. Rostro liso, terso, iluminado por dos preciosas esmeraldas verdes por las que contemplaba atónita el mundo que allí la rodeaba. Pelo moreno; cual azabache acotado en un escalonamiento desarreglado de peluquería barata. Curvas de vértigo empapadas de aquel eventual lavatorio, pezones como pequeñas guindas de brillante y apetitosa cereza que quedaban marcados sobre el cada vez más blanco camisón desgarrado, que a su vez quedaba adherido a su firme y modelado vientre. Cuando la fuerza del agua amainó, cerró los ojos y mordió suavemente su labio inferior, dejándolo escapar al ralentí en un gesto que haría derretirse al más fiel de los hombres. Ahora sí sentía una leve sensación de frescor que le producía un pudoroso brote de placer. Sentía la necesidad de apretar su entrepierna, de sentir piel con piel por donde sólo los adultos saben describir, en definitiva de ser amada. Colocó sus brazos sobre la cintura y, reponiéndose de aquella sensación, desistió de seguir caminando hacia la tiniebla. Quizás con aquel gesto se había sentido un poco más viva, y mañana sería otro día.

Encaminó sus pasos nuevamente hacia el lugar de donde partió. Apenas serían unos cien metros. Una eternidad para ella. Ya no se sentía mojada, ya no sentía placer, ya no sentía esa necesidad de abrirse cual flor primaveral a los tientos de la carne trémula y pecaminosa. Dio dos pasos y se paró. Sentía que algo la llamaba desde la tiniebla. Escuchaba su nombre. Alice. Alice. Varias veces Alice. Era una voz conciliadora, tranquila. Una voz que invitaba a girar nuevamente y encaminarse hacia donde la primera intención le llevaba. Aquella voz le producía calor. Sentía el calor de aquella voz en su mano, sintiéndose protegida. Sonrió. Se sentía feliz, y aquello quería hacerlo eterno. No es fácil sentirse feliz cuando no se siente nada. Disfrutaba, y, aunque seguía sola en aquel lugar, decidió no moverse de aquellos 30 centímetros cuadrados, por si al seguir caminando perdía aquel momento. Había dejado de llover. Un Sol radiante vestía aquel instante de felicidad con claridad. Notaba resbalar lágrimas de felicidad que se secaban al segundo por arte de magia. Tenía aquello un precio tan alto… Lo acabó decidiendo. Algún día iría a buscar aquella voz. Y no volvería a aquella cueva, jamás.

………………………………………………………………………..

No sé si Alice me escucha. Pero siempre que llego a la habitación me acerco, cojo su mano y pronuncio su nombre. El médico dice que hoy ha notado mejoría en sus constantes vitales, y que aquel coma profunda va remitiendo. Hoy, mientras la enfermera la lavaba, me ha parecido hasta que era feliz con ello. ¡ Si hasta la hemos visto de llorar mientras yo le cogía la mano!. El médico dice que no tenemos que hacernos esperanzas, que quizás haya llorado porque el ojo necesitaba limpiarse… vamos, una reacción causal más que un acto voluntario. Pero no estaba de acuerdo. Los médicos saben de vísceras, de órganos, de medicamentos. Yo sé de Alice. De mi mujer. La que hace meses cerró los ojos para no volverlos a abrir. Y allí estaría, porque la conocía. Y sabía que le gustaba sentirse acompañada, vivir cada segundo, sentir cada momento. Por ello, aunque los médicos dijeran que aquello era inútil, que no era consciente de lo que le rodeaba, yo seguiría a su lado. Seguiría secando sus lágrimas cada vez que las viera aflorar, seguiría asistiendo a la enfermera en su aseo diario, seguiría pronunciando su nombre y cogiendo su mano durante horas interminables. Porque si su estado era como “un muerto en vida”; allí estaría él. Porque un muerto lo es menos, mientras pueda sentir.

Malleus Maleficarum

Aunque la noche había cubierto con su espeso manto de oscuridad la totalidad de la aldea; ésta tenía una inusual vida desde el inicio del ocaso. Los apenas cien habitantes de aquella pequeña villa hoy no dormían; agolpados todos en la pequeña plaza como cucarachas; harapientos, malolientes, ávidos de curiosidad unos y de malicia otros, esperando el desenlace de aquella situación. Por ello murmuraban, hablaban entre ellos resultando tener cada uno una historia referente a lo sucedido. Ahora todos evidenciaban haber tenido problemas con ella, contándolo aterrados a vecinos con los que anteriormente nunca llegaron a intercambiar palabra, sin obtener más respuesta que un triste asiento con la cabeza. Ahora podían explicarse que Dios no podía haber creado semejante ser y que todo no era más que la obra maestra de aquel que yacía en la oscuridad. Y por eso todos murmuraban, no sin miedo. Pero lo hacían.
Aquel murmullo quedó herido de muerte al erigirse por encima un fuerte alarido de mujer. Se hizo el silencio en la plaza. Pronto aparecieron dos alguaciles; ataviados con abombadas polainas y botas de cuero marrón bien altas. Iban apartando a la gente, abriendo camino hasta el epicentro de aquella plaza cuadrangular. No entendían nada. Su deber era despejar el camino, y ellos lo cumplían. Al precio que fuere. Iban golpeando niños, mujeres, ancianos. Tras ellos, avanzaban penosamente otros dos alguaciles más, los cuales arrastraban con gruesas cadenas por la tierra un cuerpo. Al paso a través de la muchedumbre ésta se sobrecogía y santiguaba repetidas veces. Las madres tapaban los ojos a sus hijos más pequeños. Aquel cuerpo intentaba levantarse, pero era su debilidad tal que acababa siendo arrastrada por sus dos guardianes entre pausados gemidos de dolor. Los alguaciles, a cada gemido, contestaban con un fuerte tirón de los grilletes, sin dirigirle mirada al cautivo. También podía olerse el miedo en ellos, al igual que en toda aquella gente que se santiguaba bajo soportales a los cuales habían cubierto con sangre fresca de animal realizando inscripciones apenas legibles.
Una vez en el centro de la plaza llegaron 8 alguaciles más que acordonaron la zona central; donde se encontraba una pira de madera con un mástil central. Se hizo un absoluto silencio. Los dos guardianes subieron el cuerpo al mástil y lo ataron. Cuando bajaron de la pila un súbito murmullo de sobrecogimiento inundó el lugar. Frente a todos se encontraba un cuerpo de mujer desnudo, sucio; lleno de costras producidas por la mezcla de sangre y tierra. En muchas zonas de su cuerpo faltaban trozos de piel arrancados a jirones, de igual forma que su pelo había sido cruelmente arrancado a trozos desde el cuero cabelludo. Sus pechos; henchidos de pus por la infección que le había producido la extracción de sus pezones, le daban un aspecto grotesco, ligeramente suavizado por el verde mar de sus ojos; aún abiertos, sin querer rendirse aún a la muerte. El murmullo iba convirtiéndose por momentos en griterío, hasta que uno de los alguaciles levantó la mano y gritó: “ Aldeanos; he aquí la prueba irrefutable de la condición demoniaca de ésta mi hija; bruja donde las haya”, señalando a su pubis, el cual había sido afeitado y lacerado en todas direcciones. “ He aquí la evidencia de haber fornicado con el mismísimo Diablo”.
Volvió a hacerse el silencio. Ordenó el orador con un gesto al resto de alguaciles, los cuales volvieron a subirse a la pira e impregnaron su cuerpo de alquitrán. Aquella niña empezó a llorar, implorando a su padre clemencia. El jefe inquisidor asistía impertérrito a las plegarías de su hija. Los alguaciles que bajaron pasaban frente a él asintiéndole con la cabeza, invitándole a que fuera fuerte, a que no cayera en aquella trampa del Diablo pues su hija no yacía en aquel cuerpo propiedad del mismo Samael.
El gentío comenzaba a excitarse. Quizás el olor de la muerte les embriagaba. Cada vez eran más difíciles de controlar. Aquella mujer destrozada; antaño la hija del jefe de alguacilería de la aldea, apenas guardaba fuerza en su maltrecho cuerpo de catorce años. Intentaba hacer fuerza con los pies para no yacer colgando del mástil, ya que el peso del cuerpo oprimía su diafragma al dejarse caer haciéndole casi imposible la respiración; ya dificultosa de por sí al tener todo el cuerpo embadurnado en el mismo alquitrán que la hacía resbalar por entre las maderas que le servían de soporte. Pudo observar como un niño saltó el control de aquellos hombres acercándose a la pila. En sus ojos verdes fotografió aquella expresión; aquella cara infantil mirándola desde abajo, mezcla de miedo y curiosidad. El niño se agachó, y agarrando un guijarro, lo lanzó contra ella impactando en su cabeza. ¡Bruja! – gritó. Y acto seguido empezaron a llover piedras contra su maltrecho cuerpo entre los insultos de la turba.
El jefe dio la orden y prendieron fuego a la pila. El alquitrán hizo de conductor e inmediatamente su cuerpo comenzó a consumirse pasto de las llamas. A pesar de no tener fuerzas, gritaba de pavor. Sabía que su sufrimiento; que comenzó con varios días de tortura hasta que tuvo que confesarse bruja para que la dejaran de martirizar, no acabaría allí. Su muerte sería la puerta al más profundo de los infiernos donde seguiría ardiendo por toda la eternidad. Sólo porque a su edad, fue más bella que los demás.
Cuando su vida se apagó, aún seguían escuchándose los insultos de la muchedumbre, mientras su padre contaba con el clérigo los chelines pagados por la iglesia como premio a la ejecución. Una bruja más había caído bajo el martillo implacable de la Iglesia.

Seis letras

Tras pequeñas palabras, casi siempre llegaban grandes momentos de reflexión. Era la idea maquiavélica del cinismo. De la persona que trataba en el mínimo gasto de saliva acometer introducción, cuerpo y conclusión del discurso. Un fin al que no era necesarios más medios que los justos. Y no fue en vano, ya que de aquel silencio posterior quedaron grabadas sus anteriores palabras. Aún recuerdo la forma. El tono de voz. El timbre. La ausencia de emoción en cada gesto, cada sílaba de tan corta frase. Incluso me dio tiempo a contar las letras. Seis. Seis letras distribuidas de forma átona, sin más entonación que la proporcionada por las vísceras de su órgano fonético. Yermas en sentimiento. Recuerdo haberlas visto salir de su boca, ya que en ningún momento pude cruzar mirada alguna ni gesto que pudiere dotar de algún significado más a aquella concatenación fonética. Porque, para mí, sólo resultó ser eso. Letras convertidas a fonemas, fonemas convertidos a construcciones silábicas que a su vez alumbraron una frase paradójica; sin solución, sin posibilidad de rebate, ahogadas en una anomia kinésica impropia de la comunicación humana. Tan sólo palabras, vendidas al peso y estructuradas como escape al fin en sí.

Sin embargo, no sé si lo conseguiste, porque nunca supe tu fin. Sólo sé que tras internalizar tus palabras, comprendí que estuve todo el tiempo equivocado. Pensé que el barco adolecía de falta de potencia, cuando el agua llegaba a inundar la línea de flotación. Intenté por todos medios aligerar lastre sin darme cuenta que quizás, el problema se encontraba más allá de lo solucionable. Y fue oírte y me vi. Me vi hundiéndome con toda su estructura. Sin nadie a quién acudir. Sin posibilidad de achique. Sin más remedio que quedarme en la cabina a observar su inmersión, provocada por el lastre pesado que en mi pecho comenzó a notarse en el momento que tú, único cabo que lo sujetaba, pronunciaste esas dos palabras escondida tras una mirada baja y algún que otro flequillo negro azabache suelto. Y sin embargo, allí me quedé. Sin ningún por qué. Silencio, nada más. Espectador de tu indiferencia, verdugo de mi dignidad, comparsa de mi naufragio.

Y por ello no recuerdo nada. Tampoco lo que pasó después, aunque quizás no importe demasiado. Al final, yo salí. Siempre se sale. Y creo que tú también. Aún así, hay días que me despierto; con la mirada perdida y el sudor ahogándome la frente. Trato de convencerme. Quizás fue una larga pesadilla. Uno de esos sueños que duran una eternidad y acaban en un segundo. Pero no. Fue un vil, despiadado, mezquino resumen de una relación en la que siempre quedaré con la certeza de tu total falta de ética. La ética de la valentía de la que muchos, incluido yo, tuve que tirar para decirle a la otra persona sin más excusa ni explicación aquellas seis letras. Seis letras lapidarias. Seis letras que resumen todo amor en un fin. O al menos el fin que tú quisiste grabar.

Lo dejo.

pexels-photo-786800.jpeg

Blanco sobre negro

Blanco sobre negro. Era la única imagen que aparecía ante sus cansados ojos; parpadeante, de ida y vuelta, producto del vaho que se acumulaba tras los cristales empañados de sus anteojos. Y en aquella visión perdió noción del tiempo y de toda realidad. Un paisaje difuso en cada espiración, nítido en cada inspiración; una alternancia de ritmo similar a la que llevaba buscando incontables horas y, de igual forma que tan repetitiva secuencia, creía tenerla como se desvanecía. No importaban el intenso dolor lumbar acumulado de incómoda posición ni la carga sostenida sobre aquellos hombros sufridores de aquella inmovilidad perenne. Sólo importaba la imagen; el blanco sobre negro inmenso; fundido sobre aquel mar azabache lacado profundo. Alzó ligeramente sus manos y, haciendo un esfuerzo por vencer las limitaciones de su maltrecho ser, estiró más allá de su dolencia artrítica los dedos, sumergiéndolos en aquel inmenso mar blanquecino de olas oscuras y simétricas. Cerró los ojos. Y todo empezó a desaparecer.

Sintió aquellas rémoras de su costado desaparecer, sumiéndolo en una paz que hasta aquel entonces nunca había conseguido sentir. Sus dedos se deslizaron por aquel cielo nacarado de vetas carbón y, descansando sobre cada uno de sus escalones, apretó sobre él la necesidad de subir uno más. Y aquel uno le llevaba a otro, conminándolo a seguir aquella espiral bicolor que en su juventud tantas veces había recorrido, y parecía ahora nunca recordar el camino que en aquel momento, y con los ojos cerrados, yacía ante él expedito, llano, libre para ser hollado por sus dedos. Retuvo la inspiración por unos segundos, sabedor de poder perder aquello que casualmente apareció ante sí si volvía a espirar y, conteniendo la emoción, recorrió su vasto terreno tantas veces como su mente le permitió.

Abrió los ojos y, exhalando todo el aire contenido, alzó sus manos del teclado y asiendo la pluma, volvió a escribir una linea más del pentagrama. Se levantó del pequeño banco y observó a su alrededor. Se encontraba viejo, cansado, y aquel extraño dolor del costado lejos de remitir iba cada vez a más. Su pacto con el Diablo había expirado ya hace tiempo, y parecían reclamarlo desde lo más profundo del averno. Volvió a mirar al pentagrama y, asiéndolo, volvió a reclinarse escribiendo la fecha de aquel día en la última nota escrita: ” 4 de Diciembre de 1791 “. Sus ojos miraron a través del ventanal que daba a aquel sucio callejón de su querida Viena  y, aún empañados, admiraron las luces emergentes de la ciudad que le acogió… y que iba a verle morir.

pexels-photo-164935.jpeg

Un minuto exacto

Una de las cosas que pueden aprenderse cuando no se ocupa el tiempo es que nunca transcurre de igual forma. Durante aquella hora había intentado concentrar su vista en el reloj del cuadro de instrumentos del vehículo, intentando sin éxito contear los segundos que se sucedían entre minuto y minuto. Nunca eran iguales. Inicialmente intentó durante cinco interminables minutos contar de uno en uno, con un frustrante resultado. El error podía llegar a ser hasta de cuatro interminables segundos. Posteriormente, durante los diez siguientes intentó hacerlo de cien en cien, aprovechando la cadencia silábica para paliar el margen de error posible. Consiguió reducir dicho margen a dos. Suficiente podría ser – pensó. Y así pasaron los siguientes cuarenta minutos, contando segundos con el fin de afinar lo máximo posible la cadencia. Sobre la luna delantera del vehículo los elementos intentaban distraer su tarea. La fina lluvia que había amenazado todo el día con ensuciar las calles de la urbe tornó agresiva, distorsionando la visión del exterior. Por un momento dejó de contar. Volvió en sí. Apreció que llevaba rato apretando inconscientemente los dientes y entreabrió la boca. En segundos, un suspiro anegó el habitáculo. Entonces fue cuando lamentó su mala cabeza. Ahora no sólo tenía el handicap del tiempo. Además tendría a la lluvia como cruel enemiga y aliada. Tendría que luchar no sólo contra el inexorable devenir del Dios Cronos, sino también con la legión de paraguas que le esperarían fuera intentando frustrar su misión. Pasó sus manos por la cara. Barba de semanas, sin recortar. Su lengua podía sentir el sarro acumulado de días sin haberse cepillado los dientes. Su aliento rezumaba por entre sus dedos hasta llegar a su nariz. Casi podía notar físicamente las bacterias bien rollizas de putrefacción en aquella halitosis galopante; reptando por entre sus fosas nasales, infectando la pituitaria, anulando sus sentidos. En el espejo retrovisor interior podía ver sus ojos, consumidos por arteriolas henchidas de falta de descanso, jugando en el precipicio de la hemorragia petequial. Sin duda, llevaba el traje de piel de los grandes momentos. Cerró los ojos y, apretando las manos sobre el volante, dejó correr ese escalofrío que sólo podía sentirse en momentos como aquéllos. La chispa que avivaba los quince minutos de gloria a los que tenía derecho todo ser humano. Los quince minutos con sus novecientos segundos que estaba a punto de alcanzar.

Y cincuenta nueve minutos. A partir de ahí cuenta cero. Ciento uno. Ciento dos. Sus manos sufrían un ligero temblor. Nada podía fallar. Cinco segundos más en salir a la calle. Tres segundos para aclimatarse. Treinta segundos más que le separaban de la calle principal, consumidos exactamente con paso firme, sin detenerse, evitando el laberinto de paraguas que infectaban la ancha calle del vial. Cinco segundos para comprobar que estaba preparado. Diez segundos que tardó el director de la sucursal, como buen paciente obsesivo compulsivo, en abrir la puerta, mirar hacia ambos lados, y seguir su camino. Dos más para asegurarse que era él. Tres más para sacar el arma, montar la corredera y efectuar el disparo en la nuca. Imposible determinar el tiempo que tardó en caer al suelo, entre aquella turba despavorida al oir la detonación.

 

En ese momento, miró por primera vez su reloj de pulsera. Había transcurrido un minuto y tres segundos. Su rostro dibujó una macabra sonrisa. Era el amo del tiempo. Había conseguido dominarlo con maestría. Había decidido acabar con la vida de aquella persona en un minuto exacto, sin tener que esperarlo. Había dominado al tiempo invirtiendo otro tanto del mismo en una simple operación de observación y planificación. Aquel desalmado director de banco jamás podría imponer fechas límite de pagos y embargos, como había hecho con él. Un minuto y veintisiete segundos. Le sobraban aún tres. Uno para mirar al cielo conservando la sonrisa del triunfador, y dos para efectuar un nuevo disparo. Esta vez en su sien.

pexels-photo-280253.jpeg

El último hombre

Desde el día que acabó por ponerse el Sol para no volver a salir, había dejado de marcar los días en la pared de su habitación. Aún podía aguantar la noción del tiempo por su reloj de pulsera para saber más o menos cuándo debía descansar, manteniendo con aquel pequeño engendro mecánico la cordura necesaria para sobrellevar los casi cinco años, según sus cuentas, que llevaba solo en aquella habitación fortificada. Y la única explicación que le encontraba era la cobardía que saturaba hasta el último recoveco de su alma y la falta del coraje necesario para acabar con aquel sufrimiento; puesto que tenía a su mano todas las posibilidades para dejar de vivir, y nadie iba censurarle por ello. Cinco años desde aquel Viernes en que se levantó solo. Porque nadie más lo pudo hacer. Toda la humanidad, o al menos toda la que podía abarcar con los medios que disponía, había muerto. Su familia, su mujer, sus hijos, sus vecinos, el portero del inmueble, el panadero, la policía, los presentadores de las noticias, los controladores de la energía eléctrica, los operarios de carreteras,… Todos; sin excepción, no habían podido levantarse de la cama. Y aquellos a los que no les pilló durmiendo igual, a tenor de los vehículos accidentados por las carreteras, y por los meses que la televisión; mientras pudo mantenerse el sistema informático que abastecía la electricidad, estuvo enfocando a un cadaver que yacía sobre la mesa de los informativos. Había permanecido varios días en shock, intentando encontrarle un por qué a la situación. No al hecho de haber encontrado a la humanidad muerta, sino a la razón por la que él tenía que seguir vivo. Y quizás aquella incógnita; la madre de todas ellas, era la excusa perfecta a la cobardía que le había llevado varias veces a intentar dar el paso y ahorcarse de la soga que había instalado en aquella habitación, sin llegar a culminar el acto. Quizás era el único hombre que quedaba sobre la Tierra. Porque no había epidemia alguna, puesto que era imposible tal celeridad en su resolución, además del hecho incontestable sobre la continuidad de su existencia y la transformación de la ciudad en un bosque poblado de animales silvestres a los que Dios había decidido perdonar. Era el único; un ciudadano de segunda aficionado a la caza y a la pesca, sin estudios universitarios y que gracias a su dominio de la cinegética llevaba día tras día, marca tras marca, sobreviviendo en un mundo que paradójicamente se había vuelto más seguro. Tan sólo debía preocuparse de los perros salvajes; aquéllos que se alimentaron con la carne de los cadáveres hoy convertidos en esqueléticas reminiscencias de los primeros días del caos, y de algún que otro animal celoso de su espacio territorial. No debía preocuparse de buscar un trabajo, pues no lo necesitaba. Tampoco debía preocuparse de repostar el vehículo, tenía cientos a su disposición que aún seguían funcionando y gasolineras cuyos depósitos aún rebosaban esperando su avidez de seguir recorriendo terreno. No había robos, facturas, discusiones, televisiones de plasma, ordenadores portátiles, políticos falsos, envidias, contaminación, guerras… Solo había silencio. El discreto balanceo de aquella soga de emergencia y el sonido más puro del entorno rural donde antaño la ciudad había erigido su dominio sobre la Diosa Gea.

Todas las noches, solía subir a la azotea del edificio para contemplar el atardecer. El Sol también había empezado a morir el mismo día que todo comenzó, apenas llegando una tenue luz de atardecer durante el día, y ofreciendo la más completa oscuridad cada vez con mayor antelación. Sin el reloj quizás no se habría dado cuenta jamás. La temperatura cada vez era más baja, y en el momento de mayor claridad podía ver como allende la urbe; en las montañas que la rodeaban, hacía cientos de marcas que la nieve cubría toda su orografía. Todas las noches recordaba aquello de la glaciación, del meteorito y de los dinosaurios. Quizás aquellos millones de euros invertidos en investigar nuestra raza no valieron para nada. Que el espacio no fue el culpable de una extinción. Que quizás a los dinosaurios les pasó lo que a nosotros pero, a qué científico creerían si dijera ” Los dinosaurios se murieron porque sí, porque se tenían que morir “. Que afirmación tan simple. Y verídica, vista la evidencia. Muchos atardeceres se imaginaba recogiendo el Nobel de Ciencia solo, en un auditorio repleto de aire, por su contribución a la ciencia en la explicación de la aniquilación de la raza humana. ” Nos hemos muerto porque sí “; concluiría en su discurso aplaudido a rabiar por el más inmenso de los vacíos. Porque sí. No porque se había desperdiciado toda una genética evolutiva en precisamente lo contrario, una involución de todos los valores éticos, económicos, sociales y morales. No porque el ser humano habría llegado a ser el más despreciable de todos los que poblaban la faz de la Tierra. No porque la ley impuesta obligaba a pisar al prójimo hasta oír crujir sus huesos, escondidos tras la cortina del consumismo, guiados por las anteojeras del camina o revienta. No. Todo el mundo había desaparecido porque sí, y él había sido el elegido para descubrirlo. Aunque no para compartirlo. Gracioso destino.

Su última reflexión había hecho mella en aquel concepto del valor que poseía. Probablemente ahora estaba comprendiendo su castigo. El último ser humano, condenado a darse cuenta del motivo de la extinción de su raza. Hasta en su última expresión había negado la evidencia; había exonerado de toda culpa al ser humano de su propia destrucción. El hombre era un lobo para el hombre. Intentó acaparar ela máxima cantidad de aire posible con una fuerte inhalación y, con paso firme y decididom abandonó la azotea de su apocalíptico palacio. Quizás aquella era la noche para decidirse y acabar; toda vez que un nuevo comienzo resultaba a todas luces imposible. O mejor aún, innecesario.

pexels-photo-220444.jpeg