Seis letras

Tras pequeñas palabras, casi siempre llegaban grandes momentos de reflexión. Era la idea maquiavélica del cinismo. De la persona que trataba en el mínimo gasto de saliva acometer introducción, cuerpo y conclusión del discurso. Un fin al que no era necesarios más medios que los justos. Y no fue en vano, ya que de aquel silencio posterior quedaron grabadas sus anteriores palabras. Aún recuerdo la forma. El tono de voz. El timbre. La ausencia de emoción en cada gesto, cada sílaba de tan corta frase. Incluso me dio tiempo a contar las letras. Seis. Seis letras distribuidas de forma átona, sin más entonación que la proporcionada por las vísceras de su órgano fonético. Yermas en sentimiento. Recuerdo haberlas visto salir de su boca, ya que en ningún momento pude cruzar mirada alguna ni gesto que pudiere dotar de algún significado más a aquella concatenación fonética. Porque, para mí, sólo resultó ser eso. Letras convertidas a fonemas, fonemas convertidos a construcciones silábicas que a su vez alumbraron una frase paradójica; sin solución, sin posibilidad de rebate, ahogadas en una anomia kinésica impropia de la comunicación humana. Tan sólo palabras, vendidas al peso y estructuradas como escape al fin en sí.

Sin embargo, no sé si lo conseguiste, porque nunca supe tu fin. Sólo sé que tras internalizar tus palabras, comprendí que estuve todo el tiempo equivocado. Pensé que el barco adolecía de falta de potencia, cuando el agua llegaba a inundar la línea de flotación. Intenté por todos medios aligerar lastre sin darme cuenta que quizás, el problema se encontraba más allá de lo solucionable. Y fue oírte y me vi. Me vi hundiéndome con toda su estructura. Sin nadie a quién acudir. Sin posibilidad de achique. Sin más remedio que quedarme en la cabina a observar su inmersión, provocada por el lastre pesado que en mi pecho comenzó a notarse en el momento que tú, único cabo que lo sujetaba, pronunciaste esas dos palabras escondida tras una mirada baja y algún que otro flequillo negro azabache suelto. Y sin embargo, allí me quedé. Sin ningún por qué. Silencio, nada más. Espectador de tu indiferencia, verdugo de mi dignidad, comparsa de mi naufragio.

Y por ello no recuerdo nada. Tampoco lo que pasó después, aunque quizás no importe demasiado. Al final, yo salí. Siempre se sale. Y creo que tú también. Aún así, hay días que me despierto; con la mirada perdida y el sudor ahogándome la frente. Trato de convencerme. Quizás fue una larga pesadilla. Uno de esos sueños que duran una eternidad y acaban en un segundo. Pero no. Fue un vil, despiadado, mezquino resumen de una relación en la que siempre quedaré con la certeza de tu total falta de ética. La ética de la valentía de la que muchos, incluido yo, tuve que tirar para decirle a la otra persona sin más excusa ni explicación aquellas seis letras. Seis letras lapidarias. Seis letras que resumen todo amor en un fin. O al menos el fin que tú quisiste grabar.

Lo dejo.

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Blanco sobre negro

Blanco sobre negro. Era la única imagen que aparecía ante sus cansados ojos; parpadeante, de ida y vuelta, producto del vaho que se acumulaba tras los cristales empañados de sus anteojos. Y en aquella visión perdió noción del tiempo y de toda realidad. Un paisaje difuso en cada espiración, nítido en cada inspiración; una alternancia de ritmo similar a la que llevaba buscando incontables horas y, de igual forma que tan repetitiva secuencia, creía tenerla como se desvanecía. No importaban el intenso dolor lumbar acumulado de incómoda posición ni la carga sostenida sobre aquellos hombros sufridores de aquella inmovilidad perenne. Sólo importaba la imagen; el blanco sobre negro inmenso; fundido sobre aquel mar azabache lacado profundo. Alzó ligeramente sus manos y, haciendo un esfuerzo por vencer las limitaciones de su maltrecho ser, estiró más allá de su dolencia artrítica los dedos, sumergiéndolos en aquel inmenso mar blanquecino de olas oscuras y simétricas. Cerró los ojos. Y todo empezó a desaparecer.

Sintió aquellas rémoras de su costado desaparecer, sumiéndolo en una paz que hasta aquel entonces nunca había conseguido sentir. Sus dedos se deslizaron por aquel cielo nacarado de vetas carbón y, descansando sobre cada uno de sus escalones, apretó sobre él la necesidad de subir uno más. Y aquel uno le llevaba a otro, conminándolo a seguir aquella espiral bicolor que en su juventud tantas veces había recorrido, y parecía ahora nunca recordar el camino que en aquel momento, y con los ojos cerrados, yacía ante él expedito, llano, libre para ser hollado por sus dedos. Retuvo la inspiración por unos segundos, sabedor de poder perder aquello que casualmente apareció ante sí si volvía a espirar y, conteniendo la emoción, recorrió su vasto terreno tantas veces como su mente le permitió.

Abrió los ojos y, exhalando todo el aire contenido, alzó sus manos del teclado y asiendo la pluma, volvió a escribir una linea más del pentagrama. Se levantó del pequeño banco y observó a su alrededor. Se encontraba viejo, cansado, y aquel extraño dolor del costado lejos de remitir iba cada vez a más. Su pacto con el Diablo había expirado ya hace tiempo, y parecían reclamarlo desde lo más profundo del averno. Volvió a mirar al pentagrama y, asiéndolo, volvió a reclinarse escribiendo la fecha de aquel día en la última nota escrita: ” 4 de Diciembre de 1791 “. Sus ojos miraron a través del ventanal que daba a aquel sucio callejón de su querida Viena  y, aún empañados, admiraron las luces emergentes de la ciudad que le acogió… y que iba a verle morir.

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Un minuto exacto

Una de las cosas que pueden aprenderse cuando no se ocupa el tiempo es que nunca transcurre de igual forma. Durante aquella hora había intentado concentrar su vista en el reloj del cuadro de instrumentos del vehículo, intentando sin éxito contear los segundos que se sucedían entre minuto y minuto. Nunca eran iguales. Inicialmente intentó durante cinco interminables minutos contar de uno en uno, con un frustrante resultado. El error podía llegar a ser hasta de cuatro interminables segundos. Posteriormente, durante los diez siguientes intentó hacerlo de cien en cien, aprovechando la cadencia silábica para paliar el margen de error posible. Consiguió reducir dicho margen a dos. Suficiente podría ser – pensó. Y así pasaron los siguientes cuarenta minutos, contando segundos con el fin de afinar lo máximo posible la cadencia. Sobre la luna delantera del vehículo los elementos intentaban distraer su tarea. La fina lluvia que había amenazado todo el día con ensuciar las calles de la urbe tornó agresiva, distorsionando la visión del exterior. Por un momento dejó de contar. Volvió en sí. Apreció que llevaba rato apretando inconscientemente los dientes y entreabrió la boca. En segundos, un suspiro anegó el habitáculo. Entonces fue cuando lamentó su mala cabeza. Ahora no sólo tenía el handicap del tiempo. Además tendría a la lluvia como cruel enemiga y aliada. Tendría que luchar no sólo contra el inexorable devenir del Dios Cronos, sino también con la legión de paraguas que le esperarían fuera intentando frustrar su misión. Pasó sus manos por la cara. Barba de semanas, sin recortar. Su lengua podía sentir el sarro acumulado de días sin haberse cepillado los dientes. Su aliento rezumaba por entre sus dedos hasta llegar a su nariz. Casi podía notar físicamente las bacterias bien rollizas de putrefacción en aquella halitosis galopante; reptando por entre sus fosas nasales, infectando la pituitaria, anulando sus sentidos. En el espejo retrovisor interior podía ver sus ojos, consumidos por arteriolas henchidas de falta de descanso, jugando en el precipicio de la hemorragia petequial. Sin duda, llevaba el traje de piel de los grandes momentos. Cerró los ojos y, apretando las manos sobre el volante, dejó correr ese escalofrío que sólo podía sentirse en momentos como aquéllos. La chispa que avivaba los quince minutos de gloria a los que tenía derecho todo ser humano. Los quince minutos con sus novecientos segundos que estaba a punto de alcanzar.

Y cincuenta nueve minutos. A partir de ahí cuenta cero. Ciento uno. Ciento dos. Sus manos sufrían un ligero temblor. Nada podía fallar. Cinco segundos más en salir a la calle. Tres segundos para aclimatarse. Treinta segundos más que le separaban de la calle principal, consumidos exactamente con paso firme, sin detenerse, evitando el laberinto de paraguas que infectaban la ancha calle del vial. Cinco segundos para comprobar que estaba preparado. Diez segundos que tardó el director de la sucursal, como buen paciente obsesivo compulsivo, en abrir la puerta, mirar hacia ambos lados, y seguir su camino. Dos más para asegurarse que era él. Tres más para sacar el arma, montar la corredera y efectuar el disparo en la nuca. Imposible determinar el tiempo que tardó en caer al suelo, entre aquella turba despavorida al oir la detonación.

 

En ese momento, miró por primera vez su reloj de pulsera. Había transcurrido un minuto y tres segundos. Su rostro dibujó una macabra sonrisa. Era el amo del tiempo. Había conseguido dominarlo con maestría. Había decidido acabar con la vida de aquella persona en un minuto exacto, sin tener que esperarlo. Había dominado al tiempo invirtiendo otro tanto del mismo en una simple operación de observación y planificación. Aquel desalmado director de banco jamás podría imponer fechas límite de pagos y embargos, como había hecho con él. Un minuto y veintisiete segundos. Le sobraban aún tres. Uno para mirar al cielo conservando la sonrisa del triunfador, y dos para efectuar un nuevo disparo. Esta vez en su sien.

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El último hombre

Desde el día que acabó por ponerse el Sol para no volver a salir, había dejado de marcar los días en la pared de su habitación. Aún podía aguantar la noción del tiempo por su reloj de pulsera para saber más o menos cuándo debía descansar, manteniendo con aquel pequeño engendro mecánico la cordura necesaria para sobrellevar los casi cinco años, según sus cuentas, que llevaba solo en aquella habitación fortificada. Y la única explicación que le encontraba era la cobardía que saturaba hasta el último recoveco de su alma y la falta del coraje necesario para acabar con aquel sufrimiento; puesto que tenía a su mano todas las posibilidades para dejar de vivir, y nadie iba censurarle por ello. Cinco años desde aquel Viernes en que se levantó solo. Porque nadie más lo pudo hacer. Toda la humanidad, o al menos toda la que podía abarcar con los medios que disponía, había muerto. Su familia, su mujer, sus hijos, sus vecinos, el portero del inmueble, el panadero, la policía, los presentadores de las noticias, los controladores de la energía eléctrica, los operarios de carreteras,… Todos; sin excepción, no habían podido levantarse de la cama. Y aquellos a los que no les pilló durmiendo igual, a tenor de los vehículos accidentados por las carreteras, y por los meses que la televisión; mientras pudo mantenerse el sistema informático que abastecía la electricidad, estuvo enfocando a un cadaver que yacía sobre la mesa de los informativos. Había permanecido varios días en shock, intentando encontrarle un por qué a la situación. No al hecho de haber encontrado a la humanidad muerta, sino a la razón por la que él tenía que seguir vivo. Y quizás aquella incógnita; la madre de todas ellas, era la excusa perfecta a la cobardía que le había llevado varias veces a intentar dar el paso y ahorcarse de la soga que había instalado en aquella habitación, sin llegar a culminar el acto. Quizás era el único hombre que quedaba sobre la Tierra. Porque no había epidemia alguna, puesto que era imposible tal celeridad en su resolución, además del hecho incontestable sobre la continuidad de su existencia y la transformación de la ciudad en un bosque poblado de animales silvestres a los que Dios había decidido perdonar. Era el único; un ciudadano de segunda aficionado a la caza y a la pesca, sin estudios universitarios y que gracias a su dominio de la cinegética llevaba día tras día, marca tras marca, sobreviviendo en un mundo que paradójicamente se había vuelto más seguro. Tan sólo debía preocuparse de los perros salvajes; aquéllos que se alimentaron con la carne de los cadáveres hoy convertidos en esqueléticas reminiscencias de los primeros días del caos, y de algún que otro animal celoso de su espacio territorial. No debía preocuparse de buscar un trabajo, pues no lo necesitaba. Tampoco debía preocuparse de repostar el vehículo, tenía cientos a su disposición que aún seguían funcionando y gasolineras cuyos depósitos aún rebosaban esperando su avidez de seguir recorriendo terreno. No había robos, facturas, discusiones, televisiones de plasma, ordenadores portátiles, políticos falsos, envidias, contaminación, guerras… Solo había silencio. El discreto balanceo de aquella soga de emergencia y el sonido más puro del entorno rural donde antaño la ciudad había erigido su dominio sobre la Diosa Gea.

Todas las noches, solía subir a la azotea del edificio para contemplar el atardecer. El Sol también había empezado a morir el mismo día que todo comenzó, apenas llegando una tenue luz de atardecer durante el día, y ofreciendo la más completa oscuridad cada vez con mayor antelación. Sin el reloj quizás no se habría dado cuenta jamás. La temperatura cada vez era más baja, y en el momento de mayor claridad podía ver como allende la urbe; en las montañas que la rodeaban, hacía cientos de marcas que la nieve cubría toda su orografía. Todas las noches recordaba aquello de la glaciación, del meteorito y de los dinosaurios. Quizás aquellos millones de euros invertidos en investigar nuestra raza no valieron para nada. Que el espacio no fue el culpable de una extinción. Que quizás a los dinosaurios les pasó lo que a nosotros pero, a qué científico creerían si dijera ” Los dinosaurios se murieron porque sí, porque se tenían que morir “. Que afirmación tan simple. Y verídica, vista la evidencia. Muchos atardeceres se imaginaba recogiendo el Nobel de Ciencia solo, en un auditorio repleto de aire, por su contribución a la ciencia en la explicación de la aniquilación de la raza humana. ” Nos hemos muerto porque sí “; concluiría en su discurso aplaudido a rabiar por el más inmenso de los vacíos. Porque sí. No porque se había desperdiciado toda una genética evolutiva en precisamente lo contrario, una involución de todos los valores éticos, económicos, sociales y morales. No porque el ser humano habría llegado a ser el más despreciable de todos los que poblaban la faz de la Tierra. No porque la ley impuesta obligaba a pisar al prójimo hasta oír crujir sus huesos, escondidos tras la cortina del consumismo, guiados por las anteojeras del camina o revienta. No. Todo el mundo había desaparecido porque sí, y él había sido el elegido para descubrirlo. Aunque no para compartirlo. Gracioso destino.

Su última reflexión había hecho mella en aquel concepto del valor que poseía. Probablemente ahora estaba comprendiendo su castigo. El último ser humano, condenado a darse cuenta del motivo de la extinción de su raza. Hasta en su última expresión había negado la evidencia; había exonerado de toda culpa al ser humano de su propia destrucción. El hombre era un lobo para el hombre. Intentó acaparar ela máxima cantidad de aire posible con una fuerte inhalación y, con paso firme y decididom abandonó la azotea de su apocalíptico palacio. Quizás aquella era la noche para decidirse y acabar; toda vez que un nuevo comienzo resultaba a todas luces imposible. O mejor aún, innecesario.

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Gracias

Cuando la escalerilla del barco bajó, comenzaron a desfilar personas, una detrás de otra en parsimoniosa fila, mediante un descenso continuado, dirigiéndose a través de la única salida posible que ofrecía aquella vetusta pasarela. Alex siguió esperando pacientemente, observando cómo bajaban todos los pasajeros del barco. En su mano, fuerte asido contra su pecho, un arrugado trozo de papel el cual comenzaba a sentir los efectos del calor corporal. De vez en cuando lo dejaba de presionar levemente contra sí, como si aquello fuera a secarlo y preservar lo que en sus líneas encerraba. Fue poco a poco enervándose, al percatarse que el motivo de su espera era cada vez más infructuoso. Llevaba allí algo así como treinta minutos antes del amarre esperando en la zona de desembarque y, habiendo hecho lo propio medio pasaje, aún no la había visto. No sabía su nombre. Sólo sabía que en aquella noche llevaba un vestido blanco y que su mirada era tan profunda como el Océano que acababan de cruzar. Miraba a los ojos de todas las señoras, por si era capaz de reconocer a la mujer que le había robado sentido y razón bajo una luna llena radiante y sin más murmullo que el del mar chocando contra el casco de la nave, justo horas después en que su mujer le había comunicado que se divorciaba de él y que, cuando bajara del barco, tendría que irse a vivir a una triste habitación de hotel junto a su Soledad.

Su moral fue minando lentamente la paciencia, lo que le hizo mirar el mar desde la cubierta del barco. Agarró su pequeña maleta con la mano que le quedaba libre y encaminó su deambular hacia la popa del barco sin perderle la vista al mar; cabizbajo, triste, desolado. Pasados 25 metros aquel trozo de papel se uniría al mar para posteriormente bajar del barco y olvidar todo lo que en él había plasmado. Una vez que llegó a proa, todo cambió. Frente a él se encontraba ella, observando el horizonte con ambas manos apoyadas en la barandilla de popa. Su cabello castaño era suavemente mecido por la brisa marina; osando ocultar cuan eclipse medio rostro hasta enredarse en sus blancos pendientes de formas marinas. Llevaba el mismo vestido blanco que aquella noche; el cual quedaba ceñido por el mismo efecto a una parte de su cuerpo, elevando su vuelo suavemente al antojo del caprichoso Eolo. No tenía palabras para describir la magnificencia de su cuerpo esbelto; esculpido con el cincel de la perfección, diseñado por el mismísimo diablo para ejemplificar a su pléyade el significado de la palabra lujuria. Y es que por no tener, no tenía ni su nombre. Aunque sí sabía milímetro a milímetro los rincones prohibidos de su cuerpo, porque, a pesar de haber caído lunas desde que sus destinos se cruzaron, aún guardaba en sí el olor de su pelo, el tacto de nácar de sus manos y la cruel picadura de sus labios.
Se acercó a ella suavemente y, sin esperar a que se diera la vuelta, agarró aún más fuerte su papel. Respiró hondo y se colocó a su lado. Musitó un triste “hola”, que no obtuvo respuesta. Aquello casi le derrotaba. Seguro que no se acordaba de él, y que para ella no sería más que una muesca en la espada con las que ajusticiaba sus conquistas. Sin embargo, no podía concebir que a pesar de todo el alcohol que les acompañó a aquel error divino, no hubiera recuerdo alguno. Volvió a coger aire y le dijo suavemente:

– Ni siquiera sé tu nombre. Pero sólo quería darte las gracias. Gracias por una noche maravillosa. Una noche en la que para mí hacer el amor contigo me devolvió la ilusión por encontrar aún a alguien que merezca la pena en la vida. Nunca olvidaré tales caricias que acababan en lugares prohibidos, ni tampoco olvidaré esos besos de los que aún conservo marcas en el cuello, y por toda el alma. Hacer el amor contigo fue disfrutar de cada segundo en los que nuestros cuerpos permanecieron unidos, gozar de cada milímetro que tu piel rozaba con mi piel y desear que esa unión no acabara nunca. Hacer el amor contigo no fue perseguir un minuto de gloria en un simple orgasmo que quizás fue hasta fingido, sino fue una llave que abrió todas las puertas que en mí hace tiempo quedaron cerradas. Y aunque no pienses igual que yo, y para ti no fuera más que otro más, me alegro que ese más fuese conmigo. Gracias.-

Y dicho esto, alargó su mano y puso frente a ella el papel. Atusó su cabellera y, haciéndola descansar tras su oreja, dejó al descubierto los ojos más preciosos que jamás nadie hubiera podido contemplar. Sin tener un color espectacular, eran profundos cuales simas del averno, llenos de paz y a la vez de pasión contenida en un claro marrón vívido. Sin decirle nada esbozó una sonrisa y recogió el papel de su mano suavemente. Una vez que ella lo tenía en su poder; Alex se dio media vuelta y prosiguió su caminar hacia la salida. Ella recogió el papel y, nada más verlo, salió tras él para darle alcance.

Cuando Alex sintió la mano de ella sobre su hombro, su corazón dejó de latir para fusionarse con el de ella. Tragó saliva y, dándose la vuelta, volvió a poder disfrutar de su mirada. Ambos se fusionaron en un beso apasionado. Alex plantó sus manos en la cintura mientras ella rodeaba su cuello con aquellos cálidos brazos. Sus dedos podían notar la ausencia de cualquier tipo de ropa interior, hollando en la perfección de sus caderas, escudriñando cada milímetro. Sin despegarse, fueron caminando milímetro a milímetro hasta la zona de camarotes, hasta situarse en un descansillo rodeado de hamacas recogidas. Fue arañando poco a poco metros de tela hasta lograr subir su vestido, mientras ella ya había hecho lo propio con su cinturón. La apretó contra la pared y, entrelazando su mano derecha con la de ella, mordisqueaba lentamente su oreja para ir bajando por el cuello bajo la banda sonora de su interrumpido jadear. Ella volvía a repetir la misma frase de aquella noche. Ámame. Sin nombre. Sin condiciones. Tan sólo ámame. Y así lo haría siempre si ella lo permitiese.

La mano que él le dejó libre pronto bajó y, agarrando su miembro, lo dejó deslizar suavemente hasta unirse ambos cuerpos en carnal frenesí. No había tiempo para dilaciones. Alex recogió una de sus piernas suavemente y la alzó con el fin de poder llegar lo más lejos posible, mientras intentaba besar sus suaves pechos. Aquello se convirtió en un frenético cabalgar hacia el horizonte del placer , cada vez más rápido, cada vez más apasionado, cada vez más vacío de preguntas y de incógnitas. Simplemente pasión desbocada contra la pared metálica de aquel crucero. Un malévolo caminar por las rutas de la perdición que finalizó en un sonoro gemido conjunto, proseguido de un abrazo interminable sobre el que descansar unos interminables veinte minutos donde parar el reloj por siempre en el recuerdo de ambos.

Aún tras el orgasmo siguieron abrazados por tiempo indefinido, oyendo como la tripulación daba los últimos avisos de abandono del barco. Alex se separó de ella y, acicalándose el desaguisado producido, volvió a coger su maleta y la besó. En sus ojos podían verse el aflorar de sus lágrimas, las cuales ella no llegó a ver caer. Acariciando su mejilla se despidió y salió rumbo a la cubierta; maleta en mano, tal y como había llegado.

Ella también salió a la cubierta, y mirando al horizonte; donde el Sol había comenzado a morir allende el mar termina, volvió a echar un vistazo al papel que no había soltado en ningún momento. En él tan sólo había dibujado un rostro sonriente y la palabra “gracias”. Ni un número de teléfono, ni una dirección, ni una seña. Sólo las gracias. Volvió a sonreírse y, guardándolo en su generoso escote, encaminó sus pasos hacia la salida del barco pensando en aquella noche que se conocieron en la cubierta, donde segundos antes había tomado la decisión de suicidarse mediante una ingesta de barbitúricos. Qué mejor forma que despedirse así, ambos agradecidos, con un punto y final para poder seguir escribiendo sus vidas tras otro punto, y seguido.sunset-boat-sea-ship-37730.jpeg

 

 

Un baño relajante

El armonioso repiqueteo del agua al estrellarse contra el metal del sanitario producía una acompasada reverberación entre la oquedad de encastre de la bañera y el frío metal de la misma, semejante al constante discurrir del agua por aquellas fuentes japonesas que tanto llegaban a llamarle la atención. El calor del líquido elemento saliente, reflejado en la constante profusión de vapor que había conquistado casi la totalidad del volumen de la estancia, se había convertido en el único velo que cortejaba su desnudo cuerpo de apenas dieciocho otoños; el cual era reflejado en una lacónica silueta de curvas definidas en la sinuosidad: caderas acompasadas en la alineación aún virgen de ensanchamiento perinatal; sexo guarnecido por simétrica musculatura pélvica lisa, sin átomo de grasa que pudiera desviar gota de agua desde su ombligo al encuentro de mil pasiones aún debatiéndose entre el instinto y la madurez necesaria para gobernarlo; que se ponía de manifiesto en la erección de sus turgentes pechos, de areolas pequeñas y oscuras, como las motas de una joven mariposa. Sin embargo, todo ese paraíso apenas explorado, se veía ensombrecido por un rostro mustio; tejido por pecas esparcidas al azar y el semblante de la espera interminable.

Bajo sus pies quedaron las imperceptibles braguitas infantiles y un albornoz rosado, formando un pequeño círculo, testigo de su posición inicial. Alzó una de sus piernas y con movimiento solemne introdujo su cuerpo en la bañera. Conforme su volumen iba acaparando el espacio, la cálida sensación del agua invadía su cuerpo. Su mente se abría cada vez más, con la intención de imbuir aquella sensación sobre todo pensamiento. Sólo la diferencia térmica percibida al apoyar el cuello sobre el borde del frío metal la distrajo de su cometido. Lo suficiente para recordar por qué estaba allí, y por qué no estaba con él. En su cabeza rondaban los seis interminables meses en los que descubrió la amistad bajo sus confidencias, el amor al coger su mano por primera vez, y el deseo al sentir sus labios percutir la cartografía de su cuello. Y no había forma de eliminar aquellas tres sentencias, que se repetían como la canción del grupo de moda, entre anuncios publicitarios de amigas confidentes que te dan todo su apoyo, frases de madres del tipo “es el primero de muchos” y una falsa sensación de normalidad egoísta de aquel que no quiere entender que aunque su mundo seguía dando vueltas, el suyo se había parado el día que una red social había hecho oficial que su historia de amor había pasado, precisamente, a la historia.

Las lágrimas, que tanto trabajo le habían costado retener durante toda la tarde, ahora tenían permiso para recorrer su rostro. Porque era consciente que la vida sin él no tenía sentido. Porque era consciente del error que había cometido. Sus sollozos eran cada vez más evidentes y fuertes. La ansiedad había comenzado a dominar su cuerpo. Se reincorporó, y tapándose la cara con ambas manos rompió a llorar. El dolor del agua; aderezada con sales de baño como mortaja, sazonaba sus cortes verticales en ambas muñecas. A la margarita se le acabaron las hojas dictaminando que su vida era más importante, cuando había obrado de manera contraria. Intentó por todos los medios levantarse de la bañera. Quería gritar. Quería pedir ayuda. Quería morir de verguenza por haber segado de dos cuchilladas el mayor regalo que su madre le había dado. Quería volver a levantarse mañana y saludarle al Sol, a la vida, a todas esas pequeñas cosas que tanta gente le había dicho en esos días y que ahora, con aquella inestabilidad física cada vez más acuciante que sentía, podía ver con nitidez. Quería seguir aprendiendo cosas, seguir descubriendo el camino de lo prohibido, seguir disfrutando el miedo de masturbarse con la puerta entreabierta, seguir guardando y escupiendo confidencias según su interés y seguir sin preocuparse de los veinte, treinta y cuarenta años que aún veía tan lejanos, y que se perdían en aquella marejada espumosa que tornaba ya de color vino tinto. Intentó apoyar las manos para salir de allí, sin poder conseguirlo. Algún tendón seccionado se lo impedía. Tampoco tenía las fuerzas suficientes para gritar, ahogándose en aquella espiral de ansiedad y flaqueza que la estaba devorando, por su culpa.

Lo último que pudo oír fueron unos golpes retumbando en su cabeza y una luz cegadora aparecer por la puerta que había acerrojado. No podía saber en aquel momento si salió o la sacaron. Si moría o volvía a nacer. Por ello, decidió por utilizar el último resquicio de fuerzas que le quedaban en cerrar los ojos. Quizás así cogiera fuerzas, para volver a abrirlos.

 

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Adiós tristeza, hola liberación…

En la vida podía haber pensado que una amplia habitación fuera cárcel, y a la vez pasaporte a la gloria. Son apenas 10 metros cuadrados casi perfectos; insultados por un pilar desastroso; engarzado en una de las esquinas. Dicho saliente desafía a la perfección del habitáculo; sabedor de su importancia como sustento de toda la estructura. Aunque rompa la armonía. Armonía que abandoné hace tiempo. Porque quise. La puerta se encuentra cerrada. Y contra el pomo, una vetusta silla de madera hace de contrapeso sobre la misma, cruel carcelero y confidente de mi momento de soledad. Esa silla me asegura la intimidad que necesito, y a la vez me condena a ser consciente de la planificación que he realizado. Las lágrimas apenas me dejan ver, inundan mis ojos ahogando cualquier chispa de vida que quedara en ellos y el corazón; sumergido en la vorágine del momento, apenas me deja respirar. Tampoco puedo articular palabra alguna, aunque tampoco sea necesario. Desearía poder hablar conmigo mismo, e inundarme de razones para no llevarlo a cabo, pero no puedo. El dolor es tan grande que considero muerta mi alma hace tiempo, y no quiero seguir siendo un cadáver andante. Miro la pistola. Pequeña, temblorosa entre mis manos, pavonado reluciente. Herramienta de muerte. Llave hacia la salvación. Cojo aire, y entre sollozos, entremezclo el ahogado sonido de mi plañir con el seco chasquido de la corredera. Un pequeño movimiento ha alojado mi único soplo de libertad en la recámara. Ya sólo quedaría apuntar hacia mi y terminar con todo. Apretar el gatillo. Notar el primer tiempo del mismo accionar todo el mecanismo, y que en décimas de segundo la aguja percutora prendiera la pólvora del proyectil; iniciando su viaje a través del cañón del arma. Probablemente el dolor sea insufrible, y no termine con esta agonía de golpe. Pero la liberación posterior seguro merecerá la pena. Otra vez pensamientos disfrazados de alegría intentan evitar este desenlace. Pero no les hago caso. Sé que son mentira; una treta de esta masa orgánica viva que no hace más que aferrarse a su instinto de supervivencia. Os odio; recuerdos. Odio el primer beso de amor. Odio el nacimiento de mi primer hijo. Odio el día de mi separación. Odio el día en que conocí a todos y cada uno de los que me han hecho amar esta vida que no vale para nada. Cierro los ojos y respiro profundamente. Introduzco el cañón del arma en mi boca. Las lágrimas desbordan mi rostro. Noto el sabor alcalino de los restos de pólvora alojados en el cañón. Arcadas. No puedo hacerlo. Mi cuerpo se resiste. Apenas tengo fuerzas para seguir. Lo intentaré en la sien. Tapono el cañón contra la misma. Noto la saliva depositada en el mismo. Lo siento. Lo siento por todos los que en su momento signifiqué algo para ellos. Lo siento; porque ya no seré una carga para ellos. Deslizo mi dedo suavemente sobre el disparador. No podía dispararse con sólo el roce, no. Hay que presionar fuerte. Con decisión. Cierro los ojos, y mis últimas fuerzas se concentran en ese índice de la mano derecha; ejecutor de mi sentencia absolutoria. Adiós, tristeza. Hola, liberación.pexels-photo-64699.jpeg